La bendición de tener un sueño

Todo comienza con un sueño. No con un sueño pequeñito o realizable, no, así son los pasos que hay que dar para darlo forma y "armarlo", pero el sueño tiene que ser entusiasmado, brillante, excesivo, casi imposible o imposible del todo. Y que pueda durar toda una vida o dos, pongamos por caso.

Un sueño es el regalo que los dioses otorgan a sus protegidos cuando nacen y renacen, real o figuradamente.

Si no lo tienes pídeles uno porque sin un gran y hermoso sueño estás más muerto que vivo aunque continúes respirando.

Un sueño así hace que comas para él, que duermas para él, que toda tu agua vaya a ese molino. Las dudas se acaban, el miedo se disuelve, el tiempo viaja de la eternidad al instante y muchas cosas más todas igualmente deliciosas.

Un monje de la sangha decía que tenía un virus y que todo lo que sabía hacer era contagiar de zen a todo el que se ponía a tiro.

Algunos dicen que zen es una de las muchas formas de decir "Vida".

No sé cuántas veces ha fracasado el monje ni lo mal o bien que lo ha hecho. Lo que sí sé es que su sueño -a él- le salva de la muerte verdadera que deriva de una existencia inútil. Le salva del Gran Fracaso de la Vida cuando resulta estéril. Que al momento de morir pudo decir: "Soy un servidor de la Vida"... y por eso no muere, nunca muere, siempre vuelve para echar una mano. A eso se comprometió (porque le dio la real gana) zazen tras zazen pronunciando sus votos en cada ceremonia de la mañana, de la tarde... como un encantamiento. Palabras cantadas con el poder de la alta magia.

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